jueves, 15 de enero de 2015

COMUNICAR ES LIBERAR (REPORTAJE)






Las teorías humanísticas y filosóficas que se empeñan en estudiar las disciplinas que están inmersas en la labor comunicacional, afirman que, entre  los fundamentos básicos de esta virtud de emitir y receptar información entre dos o más seres, están la: la ética, la moral y esencialmente la espiritualidad, esta última disciplina ha sido acogida por grandes pensadores hasta la actualidad.
Nos dice Esquerda Bifet que lo espiritual no es simplemente interiorización, sino un camino de verdadera libertad que pasa por el corazón del hombre y que se dirige a la realidad integral del hombre y de su historia personal y comunitaria.
La ética es sinónimo de responsabilidad; por lo tanto, no se puede quedar en el querer sino en el hacer. Para lograrlo, debemos interiorizar los principios del diálogo, el compromiso y el servicio difundido a través del “verdadero comunicador”. 
El testimonio de vida en la comunicación es imprescindible, ya que es la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. La misión del comunicador Su misión a de aproximarnos día a día con el otro e ir descubriendo poco a poco su sed de justicia; por lo tanto, la ética del desarrollo debe constituirse en una ética de la vida que no puede ni debe estar aislada de las relaciones humanas y mucho menos de las transformaciones personales a las que debemos enfrentarnos en escenarios de construcción en lo común. El mejor camino de crecer es crear nuestro propio desarrollo a través de nuestras propias habilidades con el fin de encontrar y vincularnos a las potencias invisibles de la gente. Los medios de comunicación en la Iglesia y en la sociedad en general deben pasar de ser usados netamente como máquinas de escribir y como herramienta comercial para constituirse en elementos para construir historia. Comunicar desde lo pequeño para construir La comunicación no es solo emitir sonidos con o sin sentido, al contrario, es sensibilizar y tocar al otro generando una transformación responsable que debe ser testificada desde mi yo, recordando que toda acción tiene una consecuencia y el efecto mariposa es nuestra responsabilidad; por lo tanto, debemos buscar estrategias desde lo micro para enseñar a través de la palabra y la acción. El comunicador tiene credibilidad y puede perderla pero si vivimos al estilo de Jesús podemos acercarnos y vivirla en la acción. No es necesario tenerlo todo pero si empezar a comunicar desde lo pequeño para construir verdaderas y firmes redes sociales. Es necesario renovar la propuesta de comunidades de vida, territoriales y existenciales para afrontar el problema del desarrollo con criterio ético, teniendo en cuenta la opción por los pobres. No podemos quedarnos en el “alabaré, alabaré” sin que nada cambie y afuera siga toda igual. Se debe pasar de una ética masculina pensada a partir de los valores y el deber ser de la razón a una ética de género, pues lo femenino hace énfasis en el cuidado de la vida.
Pedro Walter Moschetti manifiesta que el comunicador tiene todas las posibilidades de ahondar su vida espiritual en medio de la actividad contemplativa que exige su acción en la misión. Puede ser un cabal testimonio de contemplación activa. Su vida espiritual se entiende a partir del dinamismo encarnatorio que obra el Espíritu. Todo su dinamismo espiritual tendrá esta orientación de encarnarse en la historia donde Dios lo inserta.
El renovado interés espiritual de nuestra época brota de profundas exigencias de autenticidad, de dimensión religiosa, de interioridad y libertad, que no satisface la sociedad consumista. La civilización industrial no ha cumplido sus promesas: en lugar de ofrecer un mundo a la medida del hombre, en el cual se pudiera habitar y convivir buscando el bien común, nos ha traído, entre otras cosas, el criterio de la productividad como parámetro de valor, la masificación y manipulación de las personas, una angustiosa incomunicabilidad, un futuro amenazante, la atrofia de los sentimientos y la polución ecológica. El hombre de hoy rompe la coraza represiva que le impone la sociedad, blandiendo las aspiraciones más radicalmente insertas en su ser; da razón a Bergson y escucha su llamamiento sobre la necesidad de ofrecer al mundo moderno un "suplemento del alma" que permita al hombre evitar ser aplastado por sus propias producciones y encontrarse a sí mismo auténticamente.
…Entre los intentos más o menos acertados y válidos del hombre contemporáneo por reconquistar su espiritualidad, aparecen claros los siguientes por razón de su difusión y persistencia…

En el mundo occidental ejercen una fascinación innegable la mística asiática y las formas de meditación del Yoga y el Zen [>Budismo; >Yoga-Zen; >Cuerpo II, 2]. El encuentro con Oriente, propiciado tanto por la presencia en Asia de los misioneros como por la venida de maestros hindúes y budistas a Occidente, ha determinado, además, la adopción de antiguas prácticas de concentración físico-mental y el descubrimiento de importantes enseñanzas espirituales, como la no-violencia y la fuerza del alma, enseñanzas de las que ha sido un símbolo vivo el Mahatma Gandhi. Generalmente se niega a este fenómeno la capacidad de elaborar nuevos valores alternativos válidos a nivel social y religioso:
Si bien esta búsqueda de la sabiduría oriental puede resultar positiva y liberadora para sus seguidores, a mi modo de ver no constituye un desarrollo religioso significativo. Se queda en un culto privado, una especie de paréntesis dentro de la cultura actual, en un símbolo de la crisis que le afecta, pero no llega a convertirse en un foco de energía espiritual capaz de reorientar los valores culturales ni de afectar a la visión de la sociedad". Sin embargo, no se pueden negar a este movimiento exótico la positiva denuncia de los pseudovalores occidentales, la búsqueda de autenticidad moral y la respuesta útil, aunque parcial, a exigencias radicales. Al hombre de la sociedad industrial, que abandona su alma a la alienación consumista o que vegeta en la mediocridad atiborrándose de tranquilizantes, el yoga y el zen le reavivan su energía espiritual con una disciplina que es fuente de verdadera libertad. A una cultura hipertróficamente racionalista la sabiduría oriental le ofrece una vía intuitiva de contacto con el Absoluto a partir de la dimensión corporal. Nuestra civilización, incapaz de establecer una relación correcta con el universo, encuentra en los métodos orientales un camino de pacificación cósmica.

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